Homo Vagans

Ante el Gobierno

Estás frente al aparato protocolario y obsesivo del escritorio de un burócrata: los oídos del Gobierno están atentos a tus palabras. ¡Incluso en esta calle olvidada de la Ciudad Perdida hay alguien que te escucha! Escondes la cabeza pues te sonrojas ante tal idea. Y eso te reconforta al mismo tiempo: sientes la confianza de poder contar algo que te aflige desde hace mucho; es como susurrarle tus problemas a un amigo íntimo, a su oído. Sabes que serás escuchado...

Entonces se te escapa la primera palabra. En realidad, es solo un sonido entre el tartamudeo y el grito sordo que sale a fuerza de romper un nudo en la garganta. Sueltas las lágrimas, ya sea porque esperaste quién sabe cuánto para llegar ante los oídos del Gobierno y al fin te es permitido hablar o porque la aflicción que cargas sobre tus hombros es muy grande. De cualquier modo, lloras y se vuelve imposible seguir hablando a pesar de tus esfuerzos por liberarte de esa tensión.

El burócrata te mira con sus diminutos ojos llenos de compasión y te llama por tu nombre de pila diciéndote que serás atendido sin falta. Escribe unos garabatos en una hoja llena de signos de una lengua desconocida para ti y sube a almacenarla en un altísimo archivero de innúmeras puertas.

Durante el descenso del diligente funcionario, tu llanto se transforma en la alegría del desahogo, y se hace infinita... como la fila esperando turno tras de ti y como los documentos que están siendo minuciosamente archivados a cada minuto. Allá, en un lugar que jamás vas a visitar por no saber dónde está ni porque, supones, su lejanía es pasmosa, los reportes pasarán a ser leídos rápidamente, uno por uno y con gentileza, por el Gobierno, cuya cara nunca conocerás, pero define tus esperanzas de ciudadano.

Lanzas un suspiro al poco espacio que queda en la oficina, impregnada de un olor dulzón a muchedumbre. Salir será más difícil que esperar... o así lo piensas mientras tu ansiedad crece cada vez más, tal como lo hizo el archivero desde que asomaste tus narices por la puerta de recepción. Te tiendes en el piso y te arrastras pesadamente hacia la salida en tanto se alarga la distancia que te separa del día en que el Gobierno abrirá una carpeta con tu nombre donde, entre la laberíntica escritura, se lee la descripción detallada de un gruñido tartamudo y un llanto de felicidad.

El Gobierno cierra la carpeta, sonríe mostrando sus dientes amarillos y se felicita a sí mismo por haberte atendido y enterarse de tu confianza. Por ley, su respuesta se graba inmediatamente en una lápida musgosa que apenas conserva tu nombre: «El Gobierno está contigo, te escucha y agradece tu apoyo, estimado V. Que tu vida sea larga y próspera».


Manuscrito V
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